Autobiografía de la juventud del Maestro F. Vigoureux en China. NUEVO

 

Las seculares rocas de granito de la bahía de Duarnenez  fueron testigos de la infancia de este robusto niño. El maestro Francis Vigoureux nació el 18 de mayo de 1913 en Cramoisy (norte de Francia), siendo oriundo de una familia de marinos y naviero de bretaña.

   Criado en esta tierra de tan rico patrimonio cultural, el maestro no tardó en sentir el llamado del océano, reforzado por las historias que se contaban en los muelles de las hazañas de los antiguos marinos. Toda la fuerza de una tradición de gente ruda, valiente, con corazón generoso y mente recta. Sus estudios lo condujeron a los bancos de la escuela comunal y luego al seminario de los padres jesuitas. Quizás fue allí, a la escucha de las largas historias de los misioneros que se agudizó este llamado al ineluctable viaje, apoyado por una sed insaciable de conocimientos. Al renunciar al sacerdocio, entró a los 17 años a la Marina Nacional de Francia. 

   Si para sus compañeros de bordo, la vida y la disciplina marinas se tornaron duras, no lo fueron para este hombre  de Bretaña. Finalmente tenía la oportunidad de viajar hacia tierras aún desconocidas para descubrir y vivir lo que tantas veces había escuchado e imaginado. O quizás presentía en su interior una extraña necesidad de regresar a una tierra que no le sería tan extraña como parecía. Tuvo su primer contacto con China en 1930. Como integrante de la tripulación del Francis Garnier, buque cañonero francés en el río Yang Tse Kiang, fue así como comenzó para él una peregrinación al origen. 

   Primero a I Chang en donde, curiosamente, durante su primer desembarque a tierra, durante un largo paseo a caballo, guió a sus amigos marinos. Para su sorpresa, cuando estaban perdidos en los valles, los condujo hasta un monasterio: el templo del río. Allí sostuvo una conversación en chino con un alto dignatario budista, conversación que lo dejó perplejo ya que entendió su sentido sin haber estudiado antes ese idioma. Él mismo fue quien llevó posteriormente a sus compañeros a una habitación de este lugar santo para mostrarles una campana, hecho aún más curioso ya que minutos antes ni siquiera sabía de su existencia y sin antes verla la describió a sus amigos muy sorprendidos. Luego es allí donde se les darán sus primeras enseñanzas… 

   Las demás piezas de este gigantesco rompecabezas llamado “vida” les fueron entregados en la ruta fluvial a Fu Tcheu. Se perfeccionó en Shangai, en el templo K’ong Tsong, a las técnicas manuales y al arte del bo. A bordo, un amigo chino, modesto empleado de los marinos para liberarlos de ciertas molestias de la vida, fue quien le dio sus primeros descubrimientos. A lo largo de las escalas del cañonero en esta larga cinta de agua, los templos le abrieron sus puertas enriqueciendo de igual manera la cantidad de conocimiento ya adquirida. Y así pasaron los años, recorriendo al ritmo de las estaciones el itinerario fluvial, o dejándolo en escala en los diferentes puertos a la espera del abastecimiento. Así fue como en Ankeu, por ejemplo, sus frecuentes visitas al observatorio le permitieron compartir preciosos momentos con el que sería conocido, más tarde, como el padre Teilhard de Chardin. 

   Un ascenso le permitió ser directamente asignado al buque almirante de las fuerzas navales de extremo oriente. De ahí lo esperaba otro país: Japón. Nuevamente, frecuentes fondeos en los puertos del imperio le trajeron conocimientos en Kendo, Juijitsu, Judo, Yawara… Estos periodos de intensas actividades fueron premiados por distinciones, la primera y quizás la más notable fue la de la obtención del cinturón negro de Judo en una particular circunstancia. El joven maestro suplente Francis Vigoureux fue convocado en el buque almirante de las fuerzas navales de Japón, el Isumo, para que le sea entregado su título por el mismo almirante en jefe japonés, hecho sin precedente en aquella época. De ahí, las puertas del Kodokan les fueron abiertas por siempre. Fue durante este viaje que se conoció al Maestro Arima, y se abrió a las técnicas superiores de las artes marciales, el Kiatsu y el Kiai, para nombrar sólo las más conocidas en occidente. Este descubrimiento del pensamiento japonés en artes marciales fue interrumpido algunas veces por breves estadías en China. 

   Luego de 11 años de viajes y aprendizaje, decidió retirarse de la marina nacional dejándole, entre otros, numerosos títulos deportivos internacionales y la creación de “grupos de toma”, pequeñas unidades expertas en el arte de la captura y del control de buques enemigos, más conocidos actualmente con el nombre de “comando de la marina”. 

   A principios de los 40, viajó al continente africano, en el noroeste, en un país en plena expansión: Marruecos. Participó a la electrificación de ese país y al mejoramiento de las vías de comunicación (teleférico). Sería desconocer la fuerza de sus calidades humanas y de profesor el pensar que sus intensas actividades profesionales tendrían razón de lo que se había despertado en él durante tantos años pasados en Asia. En primer lugar abrió clubes de Judo en Casablanca, y posteriormente, sus alumnos siendo profesores, se extendieron a todo el territorio de Marruecos. Entre tanto, por los trágicos acontecimientos de la segunda guerra mundial fue asignado a una batería costera y luego al control y a la seguridad de los transportes ferroviarios. Su método de enseñanza no paró con el tiempo y muchas veces abarcó más allá de las artes marciales definidas como tales según los criterios europeos, pareciéndose más a los recibidos en el pasado. Nos acercamos a los años 60 y los acontecimientos de la independencia de Marruecos lo obligaron a dejar ese maravilloso país. 

   La región parisina lo acogió y allí también, y a pesar de importantes responsabilidades profesionales, numerosas salas de artes marciales vieron la luz. Poco decidido a vivir las molestias de una vida urbana no conformes con sus ideales, dejó París para ir a la región del Aude. Durante cerca de nueve años, una granja aislada que remodeló completamente con la ayuda de su familia en un valle cercado de arboladas laderas en una naturaleza apacible fueron sus condiciones materiales de existencia. Rodeado como siempre de sus fieles amigos que no dudaban en escucharlo hasta el “teho del mundo”, siguió incansablemente su enseñanza, alentando, a cada reunión el auditorio con un soplo único. 

   Una vez más, gracias a una de esas casualidades que sólo la Vida tiene, un cambio perturbó esa armonía obligándolo a dar un salto hasta los Pirineos Orientales. Fue allí, en los años 70, en donde dio gusto y vida a numerosos practicantes en búsqueda de artes marciales y su ética, el Bushido. La mayoría de ellos pidió rápidamente conocer las primeras etapas de esta enseñanza superior, sintiendo en él recursos sin límites. 

   Los años pasaron rápidamente desencadenando una sed de conocimiento siempre saciada. Quien no se sorprendió de ver la extraordinaria precisión de los mecanismos presentados en respuesta a las preguntas hechas, como si la respuesta le aparecía viva y que sólo la describía. El lector debe entender que esta facultad a dominar los temas abordados no era sólo una forma teórica. Siendo que uno de los principios iniciales era lo que llamaba “la moral viva”, la misma facilidad se reflejaba en los randori a los que el Maestro invitaba. Frente a la ferocidad de los ataques, sólo se veía armonía, holgura en el modo de tomar contacto hasta el inevitable Ukemi (caída) de practicante. 

   Trató de entregar este largo pero tan sencillo mensaje a lo largo de 15 años, invitando incansablemente a compartirlo, demostrando en todo momento (deberíamos decir encarnando?) el respeto total de estas leyes primordiales.

   Este aporte inconmensurable y cotidiano fue ofrecido con sencillez, humildad, dignidad a través de ese viejo compañero abandonado por los tiempos modernos, siempre presente hacia el regreso a condiciones de vida más naturales: el palo. Con “poca cosa”, el Maestro Francis Vigoureux desafió nuestra lógica humana, despojando su mecánica para llevarnos a la noción de Tao, principio universal. Nos invitó a redescubrirlo, a apreciar los intangibles valores, a reanudar con la Tradición, el pasado multisecular de los Sabios, la fuerza de veracidad del tiempo, lo Inmutable. En este paso de cada instante, no existe ningún programa definido por adelanto: sólo la Vida. Todo era posibilidad de enseñanza: fiesta, reunión, lluvia, nieve, para recibir una lección: la lección del día! No existe hora: sólo la Hora del Maestro! Una apuesta, un desafío al racional se levantaba bajo los rasgos de esta introducción al Bo Zen Do para los occidentales. Una difícil labor a veces casi insuperable realizada sólo con palabras, para describir lo jamás descrito, ya que no existía pareja. Así fue como comenzó el renacimiento del Bo Zen Do, revelado y depositado por los monjes en el Maestro Vigoureux, 40 años antes. Un método celosamente guardado en secreto durante mucho tiempo, transmitido etapa por etapa, con el precio de la satisfacción frente a las estrictas pruebas y sometido a la aprobación de severas pruebas de juicio: un saber que le era suyo! 

   Luego de quince años de enseñanza en los valles del Roussillon, un llamado: América del Sur. A los 74 años de edad, dejó toda la comodidad de una vida para seguir divulgando y transmitiendo  los orígenes de su saber. Allí, en compañía de un puñado de fieles practicantes y alumnos levantó una nueva escuela marcando así su deseo de universalidad del conocimiento que le había sido comunicado y del cual hacía donación. 

   Alcanzado por una terrible enfermedad, no pudo terminar su labor, dejando las premisas de esta cosecha a manos de sus alumnos y discípulos con el cuidado de proseguir y dar sentido a esta enseñanza multimilenaria...

 

Extraido del "Método de Bozendo, Tomo I".

 

En la actualidad, el Supremo Graduado de Bozendo es el Maestro Marc Piquemal, 8ºDan Kyoshi, quien reside en Paraguay.  El Maestro Piquemal, recibió el "Trofeo de los Maestros" de mano del Maestro Vigoureux (ver video), testimonio de su herencia de la enseñanza ...