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Los
niños chinos despiertos y disciplinados que practicaban
en la "Wang Kia To", cerca de la ciudad de Tchong-King,
son ahora, por lo menos los que atravesaron todos los trastornos
cuyos ecos nos llegaron desde 1933, honorables señores
sexagenarios.
Imaginen
su sorpresa, si supieran que el "Fa Kué"
(el francés) quien, con los grandes se perfeccionaba
bajo la dirección del venerado y llorado Maestro Wang
(Kiu-Tsé de la honorable "T'a Kia" - gran
casa -) formaría cuarenta años más tarde,
en un país del lejano oeste, un grupo de apasionados
por este arte noble y secreto.
Estarían
aún más sorprendidos por el resultado de estos
Joung Jen (bárbaros de occidente). Estos émulos,
de los cuales soy bastante orgulloso, forman ahora parte de
los máximos graduados del Colegio de los Cinturones
Negros y Consejo de los Ancianos. No tienen nada que envidiarles
a los mejores discípulos del Maestro Wang que enseñaba
el Wu Shu y el P'ou Kia To (Bozendo) detrás del pueblo
de Tan-Tse-Ché, en la ribera derecha de una curva del
Yang Tsé. En el frontis de la Gran Casa llamada todavía
"T'a Siang" (Gran Escuela) estaban escritos en grandes
caracteres mandarines:
Tao iè tchè, pou k'ô siù iû
li ié.k'ô li, fei tao iè.
"No está permitido alejarse un instante del Camino
de la Virtud. Si fuera permitido alejarse, no sería
el Camino".
Esta
frase es extraída del Li Ki, capítulo XXIII,
según nos decía el Maestro Wang, "llamamos
voluntad la ley del Cielo, la ley que el Cielo imprime en
el corazón del hombre. Si "Sing" significa
razón o ley natural, Tao significa Camino. Uno posee
el arte de enseñar, al aplicar cuidadosamente el Camino,
al seguir este Camino y con el ejemplo hacemos conocer sus
preceptos".
Vuestro
Maestro era sólo un joven de veinte años, en
otro mundo y algo desorientado. Las miserables casitas de
madera del Tan-Tsé-Ché eran con bastante frecuencia
para el fuego un alimento tan favorable que, aunque el cuerpo
de bomberos era bien ejercitado, el incendio devoraba todo,
ante los hombres impotentes, a pesar de la cercanía
al río. Con mis compañeros de la cañonera
teníamos caras de forasteros por el hecho que sólo
podíamos bajar a tierra en "uniforme correcto"
vale decir, camisa colonial y ¡fíjese! Es el
mismo modelo que hemos elegido para nuestros "yudansha"
(cintas negras) para el uniforme de verano. ¿Pregúnteles
si uno no se siente cómodo con ellas? Con eso un pantalón
de una blancura perfecta (blanco de china) hecho a medida
por el "Tai-Chan" (sastre) que subía a bordo
para tomarnos las medidas, el inevitable y obligatorio casco
colonial, botas "a medida" o zapatos de cuerina.
Nosotros, marineros de todos los grados, incluyendo el comandante,
nos sentíamos aún más extraños
porque nos encontrábamos a unas 1300 millas del mar,
o sea a más de 2400Km por el río, única
vía de comunicación posible. No olvidemos que
estábamos en tiempos de guerra latente y en caso de
paso a forzar militarmente, hubiera sido un juego para un
adversario destruir sin grandes riesgos cualquier flota, aunque
fuertemente armada. Es cierto que nuestra despreocupación
de jóvenes nos evitaba las sombrías reflexiones
y teníamos razón ya que sino no existiría
el Bozendo hoy en día.
Como
se los contaba antes, parecíamos forasteros y hubiera
sido inoportuno o por lo menos original para nosotros, ir
caminando. Si en Shangai los blancos circulan en auto, o sin
humillarse, en estos. En el Seu-Tchuen, se utilizan el caballo
o la silla con portadores. Para esta última, existen
varios modelos, los de la ciudad y los de ruta o montaña,
por todas partes reemplazan al "Rickshaw" (cochecillo
tirado por hombres) o el auto cuyo uso es imposible. Estas
sillas con portadores son una especie de sillones de caña
extremadamente livianos. Encima poseen un techo de mimbre
y costados protectores, los más lujosos poseen cortinas.
La silla para por todos los lados por donde pasan los hombres
aún donde las curvas dificultan el tránsito.
Dos
grandes barras de bambú, de entre 5 y 6 metros de largo,
soportan el asiento. En cada extremidad, hay uno o dos coolies
que se deslizan debajo de una barra transversal y levantan,
al mismo tiempo, su carga en sus hombros y cuello. Según
la "apariencia" que uno quiera darse, se toman dos
o cuatro portadores ya que el asiento es transformable. Los
chinos poseen atávicamente una excepcional resistencia
en el hombro y pueden caminar así contoneándose
en cadencia durante largas distancias.
La
primera vez que me llevaron así, de esa manera, me
sentía avergonzado y lleno de aprehensión, pero
me di cuenta rápidamente que era cómodo y bien
visto. Además, uno era tanto más importante
si el asiento iba rápido y si los portadores estaban
vestidos.
Esto
conllevó, al inicio de nuestra estadía, a altercaciones
bastante fuertes entre portadores, hasta que hicimos nuestra
elección. Los buenos coolies se hacían un deber
de "estar allí", en particular, cada vez
que bajábamos a tierra. Teníamos la impresión
de ser sus propietarios y además se vestían,
lo que, digámoslo, era un lujo ya que sólo los
notables poseen personal vestido.
Corren
sin detenerse y sin importar lo que tengan al frente. Lástima
por los distraídos que no tuvieron tiempo de alejarse
a tiempo. Ante el golpe, hacen un "tai sabaki" y
se dan la vuelta furiosos, pero enseguida relajan sus caras
en una amable sonrisa "discúlpeme, perdone mi
torpeza, y perdóneme por haberme puesto en el camino
de su honorable vehículo" , parecen decir al inclinarse.
Los más lentos evitan con un ágil movimiento
del hombro el pesado borde de bronce que ornamenta el extremo
de cada barra de bambú.
No
hay mucha distancia entre el muelle , donde se encuentra el
cuartel Odent en Tan-Tse-Che, hasta el pueblo de la Wang-Kia-To,
de no ser por el desorden de construcciones, calles estrechas
y escaleras a subir a través de una densa y voluminosa
populación que vive prácticamente afuera. En
la ribera derecha del río, y frente a Tchon-King, se
amasan importantes suburbios que, sin interrupción,
se siguen a lo largo del río. Algunos de estos suburbios
contienen de 20 a 40.000 habitantes. Detrás de las
chozas de madera sobre pilotes, a lo largo de los bordes,
se esconden sólidas y durables construcciones, al fondo,
en las colinas de los barrios residenciales de los ricos y
notables, pero también del personal de las delegaciones
extranjeras. Estamos allí para proteger a nuestros
súbditos. Personalmente, he visto a muy poca gente
del consulado y misioneros.
La
provincia del Seu-Tchuan es una región montañosa
que cubre aproximadamente la mitad del territorio francés.
El lugar es magnífico por todos lados, pero la populación
es más densa en el borde de los ríos o en los
valles que son de una fertilidad ejemplar. Estamos a 30º
latitud norte (latitud del Cairo o Agadir) pero la latitud
hace que el clima sea aceptable por lo menos después
y antes del verano ya que si bien en invierno la temperatura
no baja a más de cero grados, en verano llega, a veces,
a los 45º. Con la humedad se traspira mucho.
Lo
que es notable en las personas de esta región es su
amabilidad. Cuando se los llega a conocer bien nos damos cuenta
que no es fingida. Los soldados no son arrogantes. Unos pobres,
vestidos de gris, curiosamente arropados con bandas en las
pantorrillas, las mismas que llevaban nuestros "poilus"
de 14-18 (soldados de la primera guerra mundial), sobre sus
piernas desnudas porque su pantalón es un short y sus
pies están calzados con sandalias hechas con cuerdas.
Los galones para los oficiales son rectángulos de tela
sujetados por dos imperdibles. ¿Las armas? Los soldados
y los caporales poseen la inevitable antorcha "made in
Hong-Kong", una sombrilla de papel y un cuchillo. Los
oficiales tienen permiso de llevar un fusil, un mauser de
la guerra 1914. Se ven por kilómetros, en fila, cada
cien más o menos, hay dos que cargan un viejo modelo
de mortero. Estos son los regulares del Mariscal (Tchiang-Kai-Check
que había instalado su cuartel general y su capital
en Tchong-King) ya que los adversarios, los rojos como los
llamaban entonces, no se mostraban pero hacían incursiones
en los pueblos. Desde entonces hicieron escuela y sus émulos
son los "guerrilleros" de toda clase.
La
gran Casa "T'a-Kia" no tiene nada de particular
a no ser por su aspecto severo de vasta construcción
pintada a la cal y rodeada por un muro. El portón de
entrada está siempre abierto y hay un montón
de niños que juegan ahí ruidosamente. En China,
nadie se esconde, es la vida familiar, la vida del pueblo
que se muestra a la luz y que se penetra. Las cabañas,
las casas, las chozas, todo está abierto al público,
nada se esconde, hay tan poco que robar. Esto nos parece ser
la miseria pero una miseria aceptada con cierta dignidad.
Los
perros y los cerdos circulan y buscan su comida en la calle.
A los perros no parece gustarles el olor de los forasteros
y nos molestan sin cesar, ladran o gruñen cuando pasamos.
Cuando dejamos los asientos para caminar, los portadores se
encargan de alejarlos con piedrazas, patadas o garrotes. Para
sentirse afectado, hay que ignorarlos.
Una
vez pasado el portón del "Si-Men" (puerta
del oeste) cesa el ruido. La Gran Casa de la Wang-Kia-To,
suerte de yamen oficial del mandarin, a parte de los elevados
muros que aíslan de los indiscretos, es un edificio
de aspecto estricto pero plenamente abierta hacia el patio,
las puertas y las ventanas se cierran sólo de noche.
Pasamos por grandes corredores hasta llegar al dojo, "Tao-To"
en chino. Las paredes son vacías y hay pocos asientos,
los alumnos se sientan en el piso. El suelo, pavimentado con
baldosas de granito estaba cubierto con esterillas de bambú
muy utilizadas. El Venerable Kui-Tseu Wang está vestido
con un vestido de seda de color café claro sin ornamentaciones
que levanta sobre un pantalón de seda negra apretado
en los tobillos, para mostrar los ejercicios o para corregirlos
ya que la mayoría de las veces son los hombres experimentados,
los antiguos, los que enseñan. El Maestro Wang preside
y corrige.
Además
de la ceremonia de las ofrendas a los ancestros, antes y después
de las clases, la manera de enseñar y las demostraciones
son casi las mismas que las que he mostrado y que Uds. siguen
practicando.
Los
alumnos eran quizás más asiduos y disciplinados,
ninguno se hubiera permitido, aun afuera, criticar tal o cual
sen-sei (profesor).
El
Maestro insistía en las ceremonias, decía citando
a K'ong-Ni (Confucio): "Cuando un hombre utiliza el conocimiento
de las ceremonias para dirigirse a sí mismo y tratar
los asuntos que se presentan, todos sus movimientos deben
ser perfectamente reglados" o también "¿Qué
son las reglas y ceremonias? Son el medio de reglar bien todas
las cosas. Cuando un asunto se presenta, un hombre sabio encuentra
siempre la manera que le conviene para resolverlo. No olvide
las tres virtudes: sinceridad, vigilancia y piedad filial;
ni las tres prácticas: la piedad filial, la amistad
y la deferencia hacia el Maestro".
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