AUTOBIOGRAFIA DE LA JUVENTUD DEL MAESTRO VIGOUREUX.

Extraída del Editorial de la Revue de Bozendo Janvier-Février 1985.

 

 

Los niños chinos despiertos y disciplinados que practicaban en la "Wang Kia To", cerca de la ciudad de Tchong-King, son ahora, por lo menos los que atravesaron todos los trastornos cuyos ecos nos llegaron desde 1933, honorables señores sexagenarios.

Imaginen su sorpresa, si supieran que el "Fa Kué" (el francés) quien, con los grandes se perfeccionaba bajo la dirección del venerado y llorado Maestro Wang (Kiu-Tsé de la honorable "T'a Kia" - gran casa -) formaría cuarenta años más tarde, en un país del lejano oeste, un grupo de apasionados por este arte noble y secreto.

Estarían aún más sorprendidos por el resultado de estos Joung Jen (bárbaros de occidente). Estos émulos, de los cuales soy bastante orgulloso, forman ahora parte de los máximos graduados del Colegio de los Cinturones Negros y Consejo de los Ancianos. No tienen nada que envidiarles a los mejores discípulos del Maestro Wang que enseñaba el Wu Shu y el P'ou Kia To (Bozendo) detrás del pueblo de Tan-Tse-Ché, en la ribera derecha de una curva del Yang Tsé. En el frontis de la Gran Casa llamada todavía "T'a Siang" (Gran Escuela) estaban escritos en grandes caracteres mandarines:
Tao iè tchè, pou k'ô siù iû li ié.k'ô li, fei tao iè.
"No está permitido alejarse un instante del Camino de la Virtud. Si fuera permitido alejarse, no sería el Camino".

Esta frase es extraída del Li Ki, capítulo XXIII, según nos decía el Maestro Wang, "llamamos voluntad la ley del Cielo, la ley que el Cielo imprime en el corazón del hombre. Si "Sing" significa razón o ley natural, Tao significa Camino. Uno posee el arte de enseñar, al aplicar cuidadosamente el Camino, al seguir este Camino y con el ejemplo hacemos conocer sus preceptos".

Vuestro Maestro era sólo un joven de veinte años, en otro mundo y algo desorientado. Las miserables casitas de madera del Tan-Tsé-Ché eran con bastante frecuencia para el fuego un alimento tan favorable que, aunque el cuerpo de bomberos era bien ejercitado, el incendio devoraba todo, ante los hombres impotentes, a pesar de la cercanía al río. Con mis compañeros de la cañonera teníamos caras de forasteros por el hecho que sólo podíamos bajar a tierra en "uniforme correcto" vale decir, camisa colonial y ¡fíjese! Es el mismo modelo que hemos elegido para nuestros "yudansha" (cintas negras) para el uniforme de verano. ¿Pregúnteles si uno no se siente cómodo con ellas? Con eso un pantalón de una blancura perfecta (blanco de china) hecho a medida por el "Tai-Chan" (sastre) que subía a bordo para tomarnos las medidas, el inevitable y obligatorio casco colonial, botas "a medida" o zapatos de cuerina. Nosotros, marineros de todos los grados, incluyendo el comandante, nos sentíamos aún más extraños porque nos encontrábamos a unas 1300 millas del mar, o sea a más de 2400Km por el río, única vía de comunicación posible. No olvidemos que estábamos en tiempos de guerra latente y en caso de paso a forzar militarmente, hubiera sido un juego para un adversario destruir sin grandes riesgos cualquier flota, aunque fuertemente armada. Es cierto que nuestra despreocupación de jóvenes nos evitaba las sombrías reflexiones y teníamos razón ya que sino no existiría el Bozendo hoy en día.

Como se los contaba antes, parecíamos forasteros y hubiera sido inoportuno o por lo menos original para nosotros, ir caminando. Si en Shangai los blancos circulan en auto, o sin humillarse, en estos. En el Seu-Tchuen, se utilizan el caballo o la silla con portadores. Para esta última, existen varios modelos, los de la ciudad y los de ruta o montaña, por todas partes reemplazan al "Rickshaw" (cochecillo tirado por hombres) o el auto cuyo uso es imposible. Estas sillas con portadores son una especie de sillones de caña extremadamente livianos. Encima poseen un techo de mimbre y costados protectores, los más lujosos poseen cortinas. La silla para por todos los lados por donde pasan los hombres aún donde las curvas dificultan el tránsito.

Dos grandes barras de bambú, de entre 5 y 6 metros de largo, soportan el asiento. En cada extremidad, hay uno o dos coolies que se deslizan debajo de una barra transversal y levantan, al mismo tiempo, su carga en sus hombros y cuello. Según la "apariencia" que uno quiera darse, se toman dos o cuatro portadores ya que el asiento es transformable. Los chinos poseen atávicamente una excepcional resistencia en el hombro y pueden caminar así contoneándose en cadencia durante largas distancias.

La primera vez que me llevaron así, de esa manera, me sentía avergonzado y lleno de aprehensión, pero me di cuenta rápidamente que era cómodo y bien visto. Además, uno era tanto más importante si el asiento iba rápido y si los portadores estaban vestidos.

Esto conllevó, al inicio de nuestra estadía, a altercaciones bastante fuertes entre portadores, hasta que hicimos nuestra elección. Los buenos coolies se hacían un deber de "estar allí", en particular, cada vez que bajábamos a tierra. Teníamos la impresión de ser sus propietarios y además se vestían, lo que, digámoslo, era un lujo ya que sólo los notables poseen personal vestido.

Corren sin detenerse y sin importar lo que tengan al frente. Lástima por los distraídos que no tuvieron tiempo de alejarse a tiempo. Ante el golpe, hacen un "tai sabaki" y se dan la vuelta furiosos, pero enseguida relajan sus caras en una amable sonrisa "discúlpeme, perdone mi torpeza, y perdóneme por haberme puesto en el camino de su honorable vehículo" , parecen decir al inclinarse. Los más lentos evitan con un ágil movimiento del hombro el pesado borde de bronce que ornamenta el extremo de cada barra de bambú.

No hay mucha distancia entre el muelle , donde se encuentra el cuartel Odent en Tan-Tse-Che, hasta el pueblo de la Wang-Kia-To, de no ser por el desorden de construcciones, calles estrechas y escaleras a subir a través de una densa y voluminosa populación que vive prácticamente afuera. En la ribera derecha del río, y frente a Tchon-King, se amasan importantes suburbios que, sin interrupción, se siguen a lo largo del río. Algunos de estos suburbios contienen de 20 a 40.000 habitantes. Detrás de las chozas de madera sobre pilotes, a lo largo de los bordes, se esconden sólidas y durables construcciones, al fondo, en las colinas de los barrios residenciales de los ricos y notables, pero también del personal de las delegaciones extranjeras. Estamos allí para proteger a nuestros súbditos. Personalmente, he visto a muy poca gente del consulado y misioneros.

La provincia del Seu-Tchuan es una región montañosa que cubre aproximadamente la mitad del territorio francés. El lugar es magnífico por todos lados, pero la populación es más densa en el borde de los ríos o en los valles que son de una fertilidad ejemplar. Estamos a 30º latitud norte (latitud del Cairo o Agadir) pero la latitud hace que el clima sea aceptable por lo menos después y antes del verano ya que si bien en invierno la temperatura no baja a más de cero grados, en verano llega, a veces, a los 45º. Con la humedad se traspira mucho.

Lo que es notable en las personas de esta región es su amabilidad. Cuando se los llega a conocer bien nos damos cuenta que no es fingida. Los soldados no son arrogantes. Unos pobres, vestidos de gris, curiosamente arropados con bandas en las pantorrillas, las mismas que llevaban nuestros "poilus" de 14-18 (soldados de la primera guerra mundial), sobre sus piernas desnudas porque su pantalón es un short y sus pies están calzados con sandalias hechas con cuerdas. Los galones para los oficiales son rectángulos de tela sujetados por dos imperdibles. ¿Las armas? Los soldados y los caporales poseen la inevitable antorcha "made in Hong-Kong", una sombrilla de papel y un cuchillo. Los oficiales tienen permiso de llevar un fusil, un mauser de la guerra 1914. Se ven por kilómetros, en fila, cada cien más o menos, hay dos que cargan un viejo modelo de mortero. Estos son los regulares del Mariscal (Tchiang-Kai-Check que había instalado su cuartel general y su capital en Tchong-King) ya que los adversarios, los rojos como los llamaban entonces, no se mostraban pero hacían incursiones en los pueblos. Desde entonces hicieron escuela y sus émulos son los "guerrilleros" de toda clase.

La gran Casa "T'a-Kia" no tiene nada de particular a no ser por su aspecto severo de vasta construcción pintada a la cal y rodeada por un muro. El portón de entrada está siempre abierto y hay un montón de niños que juegan ahí ruidosamente. En China, nadie se esconde, es la vida familiar, la vida del pueblo que se muestra a la luz y que se penetra. Las cabañas, las casas, las chozas, todo está abierto al público, nada se esconde, hay tan poco que robar. Esto nos parece ser la miseria pero una miseria aceptada con cierta dignidad.

Los perros y los cerdos circulan y buscan su comida en la calle. A los perros no parece gustarles el olor de los forasteros y nos molestan sin cesar, ladran o gruñen cuando pasamos. Cuando dejamos los asientos para caminar, los portadores se encargan de alejarlos con piedrazas, patadas o garrotes. Para sentirse afectado, hay que ignorarlos.

Una vez pasado el portón del "Si-Men" (puerta del oeste) cesa el ruido. La Gran Casa de la Wang-Kia-To, suerte de yamen oficial del mandarin, a parte de los elevados muros que aíslan de los indiscretos, es un edificio de aspecto estricto pero plenamente abierta hacia el patio, las puertas y las ventanas se cierran sólo de noche. Pasamos por grandes corredores hasta llegar al dojo, "Tao-To" en chino. Las paredes son vacías y hay pocos asientos, los alumnos se sientan en el piso. El suelo, pavimentado con baldosas de granito estaba cubierto con esterillas de bambú muy utilizadas. El Venerable Kui-Tseu Wang está vestido con un vestido de seda de color café claro sin ornamentaciones que levanta sobre un pantalón de seda negra apretado en los tobillos, para mostrar los ejercicios o para corregirlos ya que la mayoría de las veces son los hombres experimentados, los antiguos, los que enseñan. El Maestro Wang preside y corrige.

Además de la ceremonia de las ofrendas a los ancestros, antes y después de las clases, la manera de enseñar y las demostraciones son casi las mismas que las que he mostrado y que Uds. siguen practicando.

Los alumnos eran quizás más asiduos y disciplinados, ninguno se hubiera permitido, aun afuera, criticar tal o cual sen-sei (profesor).

El Maestro insistía en las ceremonias, decía citando a K'ong-Ni (Confucio): "Cuando un hombre utiliza el conocimiento de las ceremonias para dirigirse a sí mismo y tratar los asuntos que se presentan, todos sus movimientos deben ser perfectamente reglados" o también "¿Qué son las reglas y ceremonias? Son el medio de reglar bien todas las cosas. Cuando un asunto se presenta, un hombre sabio encuentra siempre la manera que le conviene para resolverlo. No olvide las tres virtudes: sinceridad, vigilancia y piedad filial; ni las tres prácticas: la piedad filial, la amistad y la deferencia hacia el Maestro".